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  Falleció Monseñor Rolón, un héroe de la paz y la justicia
2010-06-09
 
Editorial de ABC Color.

El Paraguay entero llora la partida de uno de sus hijos más ilustres, el tercer arzobispo de Asunción, monseñor Ismael Rolón Silvero. El país todo está enlutado por la desaparición física de un hombre cuya existencia fue sinónimo de lucha por la libertad, la democracia, la paz y la justicia social para dos generaciones enteras de paraguayos. No ha de ser una azarosa coincidencia del destino que este gran ciudadano de nuestra República venga a ser llamado por Dios poco después de que la Patria celebrara la memoria de sus próceres más insignes.

Son vastísimos los servicios que esta Nación le debe a quien fue durante casi 20 años la cabeza visible de la Iglesia Católica paraguaya. Su figura y su acción bien pueden compararse con la de aquellos otros titanes católicos de la libertad universal, como los cardenales József Mindszenty, Stefan Wyzsinsky y Aloysius Stepinac, que enfrentaron heroicamente al totalitarismo marxista en Hungría, Polonia y Croacia durante los oscuros años de la Guerra Fría.

Monseñor Ismael Rolón fue la voz de todos aquellos que no la tenían en la siniestra época de la dictadura stronista, cuando hablar estaba prohibido y disentir era directamente un crimen. Cuando todas las voces estaban silenciadas por la fuerza, la palabra serena y firme del arzobispo de Asunción se elevaba para condenar los abusos del régimen y para exigir libertad y democracia para todos los hijos de este suelo.

Marcó las diferencias desde el principio, advirtiendo al autócrata que no pretendía hacer concesiones. Al poco tiempo de haber asumido sus responsabilidades eclesiásticas en la Arquidiócesis, en 1970, hizo saber al entonces titular del Consejo de Estado, Tomás Romero Pereira, que no pretendía integrar dicha instancia política, una atribución conferida por la Constitución de 1967 al máximo jerarca de la Iglesia Paraguaya.

“Frente a la situación de crecientes abusos y patentes violaciones de los derechos humanos más elementales... No es justo, pues, ni razonable que mi presencia en el Consejo de Estado, en estas circunstancias, pueda ser interpretada por el pueblo, y sobre todo por los fieles, como la aprobación del actual estado de cosas, o como la dependencia de la acción de la Iglesia de los poderes civiles...”, expresaba entonces el valiente prelado. “Usted debería llevar en el pecho una hoz y un martillo en vez de esa cruz”, fue la respuesta que recibió el religioso del lacayo del dictador.

Poco después, en 1971, no trepidó un segundo en condenar al entonces ministro del Interior, Sabino Augusto Montanaro, y al tenebroso jefe de la Policía de la Capital, general Francisco Brítez Borges, por su participación en el secuestro del sacerdote uruguayo Uberfil Monzón, y la agresión física al obispo auxiliar de Montevideo, monseñor Andrés Rubio, así como al padre Lelis Rodríguez.

Consciente, como diría años más tarde el papa Juan Pablo II en su histórica visita al Paraguay, de que no era justo pretender enclaustrar a la Iglesia en la soledad de los templos y que ella tenía mucho que reivindicar y enseñar en el orden temporal, monseñor Rolón exigió desde el púlpito la liberación de los oprimidos y el cese de la persecución a los paraguayos por motivos políticos.

En momentos en que el oscurantismo y la represión arreciaban, el arzobispo de Asunción supo unir en torno a su egregia figura a todas las mujeres y hombres de bien que luchaban por la verdadera justicia social. Reclamó el cese del hostigamiento a los médicos y enfermeras que desde el Hospital de Clínicas demandaban una imprescindible apertura política. Ya en los estertores del régimen stronista, encabezó la célebre y multitudinaria Marcha del Silencio, que desafió a la rígida estructura dictatorial a producir los cambios que la historia requería.

La ignominiosa arquitectura autoritaria terminó finalmente por derrumbarse. El corajudo obispo reclamó entonces el surgimiento de figuras no comprometidas con la dictadura, pidió el saneamiento moral de la Nación y el alumbramiento de los “hombres nuevos” en sustitución de los “hombres escombros”. Tras su retiro, producido el mismo año de la recuperación democrática, siguió orientando a sus conciudadanos a través de la pluma, “Desde mi Oasis”, como él llamaba a su retiro en la casa de los salesianos, donde advertía que no pensaba dejar de “opinar, como ciudadano cristiano y como obispo, y cuando el caso lo exija, tampoco dejaré de denunciar con claridad y franqueza”.

Su vida se apagó finalmente, pero sus obras y su ejemplo lo preceden. Las palabras que la liturgia católica dirige a los obispos confesores parecen haber sido escritas para él, en su homenaje y memoria: “He aquí un gran sacerdote, que en sus días agradó al Señor y fue encontrado justo”. Monseñor Ismael Rolón Silvero ha sido un héroe de la verdad y de la justicia. Los paraguayos, que hoy lloramos su triste pérdida, tenemos una enorme deuda de gratitud con este verdadero prócer de la Patria. En haber aprendido de su ejemplo estará, ciertamente, el principal fruto de su lucha y el más grande tributo a su sacrificio. Que la paz por la que combatió virilmente lo acompañe en su tumba.

9 de Junio de 2010 00:05

 
 
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